Un ave en lo alto de un cable mira y juega con su destino.
No volará porque la muerte no es lo que busca.
Recuerda haber escuchado la prejuiciosa sentencia que su plumaje debiera ser azul.
Llora al advertir que sus plumas son cocientes de su gris.
No volará porque ha olvidado conjugar sus alas con el viento.
Respira, fingiendo sentir.
Quiere vivir, perpetuarse, arriba el cielo
abajo el ser humano que se apiadad de su pobreza.
Tiene miedo, convulsiona,su pico entreabierto deja escapar el aliento
que conservó para decir adiós en el pavimento.
Al ave no le duele el final de la vida ni siquiera la muerte lo intimida.
Al ave le duele, le pesa, las plumas,
el designio inmisericorde de un Dios que se regocija
en el vacío, en la perdida un amor coherente
que estuvo,
que está y se aleja.
16/01/12
16/01/12
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